Buenos Aires, Martes, 12 de Diciembre
29 septiembre, 2015 13:18 Imprimir

¿Diálogo o simulacro de diálogo?

 

 

por Dra. Paula Winkler

 

Mucha gente piensa que piensa, cuando no hace más que recordar sus prejuicios

William James

 

 

 

Desde el diálogo de Sócrates como método dialéctico de búsqueda de conocimiento y de verdad, pasando por Platón como forma discursiva literaria acerca de la controversia de ideas en distintos personajes históricos sobre determinadas cuestiones como la virtud, el amor, la justicia, etc., el diálogo, desde antiguo, supone el desarrollo de una conversación entre dos o más personas, que alternativamente expresan sus opiniones o presentan sus conceptos en intercambio coloquial, filosófico, científico o político. En tanto modo de resolver aveniencias y enriquecerse con el pensamiento del otro, éste, además del raciocinio, necesita de la atención y buena fe de sus interlocutores para no caer en una plática de sordos.

En el orden político, democracia y diálogo van de la mano y mucho más en las repúblicas, cuando las instituciones necesitan actualizarse conforme las necesidades ciudadanas y el contexto social. Pero qué sucede en las democracias cuando bajo el ideal de progreso se configuran sistemas políticos als ob, sistemas democráticos de un como si, porque la prioridad es el espectáculo de la política y no la política. Es común en muchos programas periodísticos, supuestamente serios, asistir a encuentros de pura palabra en los cuales cada político o representante de organizaciones sociales, académicas o sindicales repite como loro sus propias vivencias e impresiones sin contestar a las preguntas concretas que le formulan el moderador o el otro. Se extravía así la posibilidad de establecer un puente entre personas u organizaciones con ideas distintas, pues todo queda reducido a descalificar al interlocutor, a confundir el objeto de la polémica explayándose en cuestiones banales o a anular la brecha existente entre hechos e interpretación, como si las palabras pudieran crear fenómenos escindidos de la sociedad y la naturaleza, como si hubiera que asimilar lo óntico que hace al ser con lo ontológico que es lo que lo hace ser para el otro. Todo, para desactivar la finalidad elemental del diálogo profundo, que para ser fructífero lleva obviamente implícitos una buena escucha y un necesario renunciamiento a parte de nuestras demandas en favor de las del otro para que este otro pueda también aceptar las nuestras.

Esta especie de simulacro de diálogo no aparece solo en el ámbito político o en el de algún tipo de periodismo masivo: en universidades y academias es posible observar el beneplácito del público que sabe que adhieren a sus ideas y, en más de una oportunidad, el aplauso que cosecha prestigios profesionales se debe a una repetición de lo mismo, como si esta extemporánea adolescencia de conferencistas y auditorio continuara encriptada en su vida adulta: al sentirse maravillados por el halo mágico que provoca siempre toda adhesión endogámica, académicos, especialistas y científicos prefieren reproducir ideas antes que escuchar otras nuevas y diversas.

Tal vez en un sentido muy preciso de la cosa habría que decir que el diálogo no es más que ilusión pues nadie quiere ceder posiciones jamás porque con la cesión, si es persona superficial, se lo llevarían puesto. Aunque si esto que se dice aquí fuera divulgado y tomado en serio, acaso se rompería el embrujo que suscitan en la época todos esos fetichismos infantiles de la palabra, como si el habla nomás provocara hechos y modificara fenómenos de por sí habida cuenta de la ignorancia que provoca la omnipotencia de sus interlocutores.

Resulta que para argumentar en un diálogo son imprescindibles las ideas, y estas sin una puesta en acción del pensamiento que les incumbe quedan en la mera escenificación. Schopenhauer advirtió acerca de las reglas de la discusión, pero un debate que conlleve implícitos algún diálogo político, académico o científico profundo es insuficiente si queda en la mera argumentación y contraargumentación: el argumento no es el único modo discursivo posible y si bien los argumentos deben fundar nuestras ideas con esto solo no basta, hay que calar más hondo.

No se deben pedirle peras al olmo. Así, si se quiere mejorar las democracias contemporáneas habría que abandonar de vez en cuando la obsesión narcisista que atrae miradas mediáticas para hacer lo que Dios o la ideología mandan. Claro que hacer lo que se debe en nombre del otro no es hacerlo solo con palabras. Y menos con esos ríos de voces vacías que fluyen constantemente hacia ningún lugar.

Las instituciones son dinámicas como la historia y las palabras no se encuentran sacralizadas por nadie. De manera que si luchamos por mejorar los sistemas jurídicos y políticos, hagámoslo con conocimiento de causa, lo cual no excluye la honradez, ya que lo que natura non da, los medios masivos non prestan.

 

 

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